Pero poniendo a salvo todo lo posible su competitividad electoral. Los peronistas buscan ser, con la vista puesta en los comicios, la voz de los desamparados ante la tormenta. Pero evitando que se los señale como un factor de ingobernabilidad.

La partida podría ser perfecta si no fuera porque en cada bando reinan la dispersión y la incoherencia. Es bastante comprensible. El oficialismo y la oposición están ajustando su percepción a la sorpresiva mutación que ha tenido el paisaje material.

La Casa Rosada atiende en estas horas la frontera más urgente de la relación con el PJ: el conflicto sindical. La CGT se reunirá hoy a primera hora de la tarde para definir un paro general el próximo 14. La iniciativa fue chequeada con los obispos de la Pastoral Social, que preside el bergogliano Jorge Lugones. Y con una decena de cámaras empresarias que delegan en los sindicatos la presión sobre el Gobierno. Los funcionarios pretenden, por lo menos, postergar la protesta. La conducción obrera será recibida durante la mañana por Mario Quintana, Gustavo Lopetegui, Nicolás Dujovne y Ernesto Leguizamón, el jefe de Gabinete de Jorge Triaca, quien anoche presidía una cumbre de los ministros de Trabajo del G-20 en la OIT. El objetivo inicial de la entrevista será explicar a los gremialistas que el programa fiscal tendrá "un enfoque particular en la protección de los más vulnerables", como señaló el comunicado del Fondo el lunes pasado. Anoche, reunido con sus colaboradores en Olivos, el Presidente se preparaba para que el anuncio se realice hoy por la tarde. Lo harían Dujovne y Federico Sturzenegger en el Centro Cultural Kirchner. Sarcástico homenaje.

A los gremios se les ofrecerá una rama de olivo: la eliminación de un nuevo régimen indemnizatorio en la ley de blanqueo laboral. Y un látigo: un nuevo sistema de financiamiento para las obras sociales. Sin embargo, el verdadero propósito del encuentro es acordar una actualización expeditiva de las paritarias que se cerraron con mejoras del 15%. Se agregarían 5 o 6 puntos, sin modificar las cláusulas de revisión. La receta fue elaborada ayer con Triaca, en comunicaciones entre Ginebra y Buenos Aires. El corazón de la cúpula sindical la analizó por la tarde, en UPCN. La intención oficial es desalentar la medida de fuerza. Aunque también aspira a que no se derrumben los niveles de consumo, como temen algunos empresarios. Y a que Macri no sucumba en una pesadilla: la imagen del Presidente sube y baja según el nivel del salario real. Es la piedra filosofal de Cambiemos para encarar las elecciones.

El Gobierno sabe que Hugo Moyano obstruye la cooperación del sindicalismo. Moyano regresó a la CGT. Repuso allí a su hijo Pablo, quien tiene especial animadversión por el componedor Héctor Daer. "Lo irrita porque es demasiado refinado, le hace acordar a Facundito", comentó ayer un subordinado a la familia.

Con la excusa de conseguir un aumento del 27%, Moyano dispuso un paro para el jueves próximo, en superposición con la huelga general. No le importa que esté dictada la conciliación obligatoria. Ni que, en consecuencia, el Ministerio de Trabajo le aplique una multa millonaria. Está envalentonado con el impresionante bloqueo de Brasil, donde sus colegas consiguieron doblegar a Michel Temer y que renunciara el titular de Petrobras. Ayer realizó un ensayo. Muchos de los choferes "autoconvocados" que cortaron los accesos a la ciudad de Buenos Aires recibieron audios desde el sindicato con un tutorial para los piquetes.

En este contexto hay que leer el diálogo cifrado que se desarrolló ayer a ambos lados del Atlántico. Triaca sostuvo desde Ginebra que se acabaron los comportamientos mafiosos y que el Estado se comprometió a colaborar con la Justicia para eliminar la corrupción. Moyano pareció responderle desde Ezeiza: "Acá estoy. Si me quieren meter en cana, vengan y llévenme". Varios sindicalistas temían anoche que le cumplan el deseo. Tienen información privilegiada, gracias al vínculo entre José Luis Lingeri, Mr. Cloro, y Silvia Majdalani, la hiperactiva subdirectora de la AFI. En la CGT se sospechaba anoche que Moyano podría recibir desagradables novedades judiciales antes del fin de semana. No se sabe si en la causa en la que lo investiga el juez Alejandro Sánchez Freytes, por la compra irregular de propiedades en Córdoba; o la que le sigue Luis Armella, por presunto lavado de dinero en Independiente. La imagen es todavía fantasiosa: el entendimiento con el Fondo coronado con la cárcel del principal sindicalista. ¿Necesitan más señales los mercados?

La rama sindical del peronismo dialoguista no quiere ser arrastrada por Moyano. Y tampoco aparecer como un auxiliar del gabinete. La bisectriz se exploró en Ginebra. Gerardo Martínez, el líder de la Uocra, conversó con varios empresarios sobre el lanzamiento de una mesa de diálogo social ajena al Gobierno. Allí estarían, en un principio, la UIA, la Cámara de Comercio y la de la Construcción. El grupo convocará a varios economistas para proponer un plan antirrecesivo. En los borradores figuran Alfonso Prat-Gay, Miguel Bein y Mario Blejer. Por ahora. Estos dirigentes sindicales buscan embanderarse con la preservación del empleo. Martínez conoce el camino de memoria: como jefe de la CGT lanzó la primera protesta contra la recesión que, hacia 1996, insinuaba la convertibilidad. La consigna fue "Paremos la mano".

La estrategia sindical de aquel entonces hacía juego con el incipiente desacuerdo de Eduardo Duhalde con Carlos Menem. Hoy este sector del gremialismo combina sus movimientos con Miguel Pichetto, quien aproximará al economista Miguel Peirano. El jefe de los senadores peronistas visitó la CGT. Pero mantuvo otra reunión, mucho más reveladora: se encontró casi en secreto con Horacio Rodríguez Larreta y María Eugenia Vidal. Los dos gobernadores de Cambiemos pretenden reconstruir un puente con el peronismo. Pichetto les aconsejó hablar con un grupo de gobernadores: Manzur, Bordet, Uñac, Corpacci, Insfrán. En otras palabras, volver a la receta que hizo posible, a fines del año pasado, una compleja reforma tributaria.

La recomendación de Pichetto tiene dos cláusulas tácitas. La primera: terminar con las disidencias en el oficialismo. El senador justifica su endurecimiento en la conducta de los radicales y, sobre todo, de Elisa Carrió. Se lo explicó a Larreta y a Vidal: "Si yo voto la reforma previsional y después Carrió dice que van a pagar un bono, o no acompaña el aumento de tarifas, los que me están alejando son ustedes". La segunda condición de Pichetto: dejar de provocar disidencias en el PJ. La queja tiene que ver con el acuerdo de Macri con Manuel Urtubey, que llevó a Rodolfo Urtubey, el hermano del gobernador, a votar contra su bancada en el proyecto de tarifas. Pichetto habla en defensa propia. Pero Macri debería prestar atención a ese reproche: él privilegia el entendimiento con Urtubey, sin que Urtubey encolumne detrás de sí al resto de los gobernadores. Al revés, el diálogo con Macri lo dejó aislado. Nunca Sergio Massa, rival del salteño en la interna del PJ, soñó que el Presidente le prestaría ese servicio.

El peronismo dialoguista enfrenta una limitación estratégica: carece de un candidato capaz de capitalizar la tensión con el Gobierno. Es un estímulo a volverse razonable. Mientras no aparezca ese candidato, la conflictividad robustece al kirchnerismo. El oficialismo también está debilitado por la falta de un plan de acción más o menos homogéneo. Larreta y Vidal fueron al encuentro de Pichetto, igual que Quintana y Lopetegui buscan hoy a la CGT. Quieren reponer un canal de diálogo con el poskirchnerismo. Pero Macri parece tomar otro camino: durante el fin de semana inauguró una nueva clasificación al referirse al "gobierno peronista que nos precedió". Insiste, por lo tanto, en contaminar a todo el PJ con la experiencia kirchnerista. Además, desde la Jefatura de Gabinete alguien dejó trascender que si el PJ no colabora con el nuevo presupuesto, se prorrogará el de 2018. Pichetto se enteró.

Hacia dentro del gabinete tampoco el programa es uniforme. Macri reincorporó a su mesa a sus gerentes políticos. Sin ir más lejos, Marcos Peña viajó a Londres y a Nueva York con Emilio Monzó y Nicolás Massot. Pero eso no significa que aceptará modificar su modo de tomar las decisiones. Nicolás Caputo, que reapareció en medio de la crisis, se queja de que haya más de 20 ministerios. Muchos se ven víctimas de una reducción. Sin embargo, Macri se queja de los que quieren enseñarle cómo se manejan las gerencias. La dispersión de las atribuciones es una de sus formas de obtener autoridad.

Con el diálogo sectorial pasa lo mismo. El Presidente no confía en las mesas con sindicalistas y empresarios. Confía en que el cheque que recibirá del FMI, respaldado por el poderoso Grupo de los Siete este fin de semana, en Canadá, impondrá una nueva disciplina a sus adversarios. Son comportamientos previsibles. Cuando, en 1999, consiguió la reelección en Boca con el 84% de los votos, modificó los estatutos y eliminó a la minoría de la conducción. La vieja escuela de Socma. El estilo Franco Macri.