Un vendaval ético sacude hoy a la Argentina. Quizá se asemeje al pampero, que aleja los nubarrones y refresca el ambiente. Quizá, también, al viento que cruza el Río de la Plata y sacude al velero, mientras su piloto, a golpes de timón, trata de no hundirse y de avanzar.

En la masa de aire en movimiento se confunden distintas corrientes. Una nos revela una democracia republicana afirmada y pujante. Sus ciudadanos, hombres rectos y justos, reclaman por la transparencia de los actos de gobierno, empleando con seguridad el lenguaje de la virtud republicana, su semántica, su retórica y su pragmática. Muchos de ellos se dedican a investigar y denunciar, no solo las groseras tropelías del gobierno anterior, sino los desvíos del actual, pues es mejor prevenir que curar. Con ese viento a favor, la barca de la república navega con brío.

Pero no todo es oro en este vendaval ético. Quienes sienten amenazados sus intereses, a menudo provenientes de espurias prebendas, se defienden empleando el mismo lenguaje de la virtud. Los responsables de las antiguas tropelías buscan ansiosos la paja en el ojo ajeno, que disimule la viga en el propio.

Muchos nos identificaremos con los primeros, los rectos y virtuosos, y valoramos lo que hacen, desde su puesto. Pero ¿querríamos verlos gobernando? No creo; no suele ser agradable vivir gobernados por los hombres justos. Podemos recordar muchos casos en el pasado -la Ginebra de Calvino, la Inglaterra de los puritanos y Cromwell-, pero ninguno tan elocuente como el gobierno de los jacobinos durante la Revolución Francesa. Sus jefes, el bien llamado Saint Just y el incorruptible Robespierre, eran justos, rectos y virtuosos, y también implacables ante la impureza de cualquier ciudadano.

Son casos extremos. Hay otras formas más corrientes de este celo ético, como la dictadura de una opinión pública dirigida por quienes se sienten depositarios únicos de la virtud y la corrección y con derecho a imponer su vara al resto. Es fácil reconocerlos. Suelen emplear un tono elevado, altisonante, y alzar admonitoriamente el dedo índice, como Dios en el Juicio Final. No hay guillotinas, pero están los escraches de todo tipo.

Cuando su voz monopoliza la opinión, genera un problema político. Para quien está en la arena pública, es fácil defender una convicción a ultranza. Este es un lujo que pocas veces puede darse un gobernante, cuya responsabilidad es mantener el barco a flote y llegar al puerto. No siempre es posible tomar decisiones de acuerdo con el libro de las convicciones. Hay veces en que el gobernante necesita apartarse un poco, o dar un rodeo, para llegar a la meta. En comprensible. Aunque también es peligroso que gobernantes y gobernados se acostumbren a las excepciones, las transgresiones, los atajos, los medios dudosos, justificados por los fines. Entre la convicción y la responsabilidad, el gobernante debe encontrar un punto de equilibrio, que es indefinible a priori, pues depende de los casos y las circunstancias.

¿En qué consiste nuestro caso hoy? La Argentina es un país predominantemente impuro y decadente, cuyos males se relacionan, de una u otra manera, con el Estado. El más reciente de ellos es la cleptocracia: su expoliación en gran escala, organizada por el grupo político que lo condujo hasta hace poco. Más antiguas, y menos llamativas, son las organizaciones de tipo mafioso instaladas en los lugares en que el Estado entra en contacto con intereses articulares. Estas organizaciones son el decantado de un estilo más general y más tradicional de nuestro Estado: el prebendarismo. Todos los que defienden un interés, grande o chico, le piden algo al Estado, quien de manera pendular reparte sus beneficios entre unos y otros. Cada beneficiado convierte la prebenda en su derecho, en "lo suyo", y se organiza para defenderla.

El resto, los no prebendados, son verdaderos sobrevivientes. Acostumbrados a ser la variable de ajuste en las pujas corporativas, se han hecho diestros en tácticas defensivas, que van desde guardar sus ahorros en el exterior hasta esconder sus ingresos a un fisco exigente y derrochador. No solo se desarrolló la economía "en negro"; también se deterioró el aprecio por la ley y el Estado de Derecho. Según un excelente estudio hecho algunos años atrás, una mayoría de los argentinos creen en la importancia de la ley, pero están dispuestos a no cumplirla si, en su caso, la consideran injusta.

Componer este Estado, cuyas prácticas arraigan finalmente en las actitudes de sus ciudadanos, es una tarea equivalente a la limpieza de los establos del rey Augías. Fue uno de los doce trabajos de Hércules, quien desvió el curso de un río, para que arrastrara el barro y la bosta acumulados durante décadas. El gobierno actual tiene una finalidad definida, que marca su rumbo: un Estado transparente y eficiente, con una burocracia profesional y meritocrática, formada en instituciones especializadas, como la que tiene la Cancillería. Pero estamos en un proceso de transición y, por ahora, hay que lidiar con el barro y la bosta acumulados.

Macri no es Hércules. Su fuerza política es insuficiente: no tiene mayoría en las cámaras ni controla las agencias estatales, incluyendo las fuerzas de seguridad. Por otra parte, ¿quiénes apoyarían una reforma estatal profunda? Muchos, seguramente; pero cada uno haría reserva de "lo suyo", su derecho adquirido. ¿Por qué empezar por nosotros?, dicen hoy los dueños de laboratorios medicinales, los sindicalistas docentes, los empresarios de Tierra del Fuego, los gobiernos provinciales.

El vendaval ético ha puesto en la agenda otro aspecto del problema. ¿Con quiénes cuenta el Gobierno para realizar esta hercúlea tarea? Con lo que hay: gente que ha vivido o sobrevivido en los establos de Augías. Algunos lo hicieron con más dignidad que otros, pero todos son sobrevivientes y, por ello, vulnerables al archivo, a la AFIP, a la UIF y al carpetazo, que a veces viene de los virtuosos, pero más frecuentemente de los corruptos.

El Gobierno asumió la política de la transparencia, lo que es excelente. Pero al hacerlo ofrece un flanco. Quien se propone limpiar debe ser, él mismo, impecablemente limpio. No hay matices. Así lo entiende la opinión cuando se deja conducir por los demagogos de la ética, narcisistas autosuficientes, y se desentiende de la complejidad del gobernar. Este vendaval ético tiene una consecuencia probablemente no querida por quienes lo impulsan: puede hacer que el Gobierno pierda el rumbo. Es algo que hay que tener en cuenta.

En los episodios recientes, el Gobierno ha hecho concesiones a esa opinión. Algunas sin consistencia lógica ni eficacia, pero lo suficientemente demagógicas como para desarticular uno de los frentes de tormenta. Mientras tanto, me parece, va logrando mantener el rumbo general de esta etapa transicional. Se trata de reconstruir el Estado con lo que hay. Al fin de cuentas, como decía un viejo general, mezclando barro y bosta se hace un buen adobe.

Historiador. Fundación Universidad de San Andrés

Por: Luis Alberto Romero