Un giro hacia la sensatez, por Joaquín Morales Solá

La Nación 03/04/2012 | 09:04 (actualizado hace 991 días)

Es imperturbable en su decisión de sorprender. Cristina Kirchner fue ayer una política correctamente pacifista, después que había dejado crecer las expectativas de una mayor tensión con Londres...

Contradijo, por momentos, lo que hace con lo que dice, pero su discurso, en un aniversario redondo de la guerra por las islas Malvinas, fue un conjunto sensato, sin fisuras, salvo las concesiones que hace, y que nunca faltan, a la épica kirchnerista. Ni siquiera se dejó llevar por la impronta combativa de los que la precedieron en la palabra, incluida la gobernadora de Tierra del Fuego, Fabiana Ríos, más kirchnerista que los Kirchner.

Hasta David Cameron debió asombrarse por las palabras de la inofensiva líder que habló ayer desde el fin del mundo. La Presidenta intentó refutarlo, pero por uno de esos extravíos de la oratoria terminó dándole la razón. Cameron había dicho que la guerra de 1982 fue una agresión a la libertad de los malvinenses. Cristina Kirchner le contestó que los argentinos vivían en aquella época sin libertad, afirmación que es irrebatiblemente cierta. ¿Qué podían esperar entonces los isleños de un triunfo de los militares argentinos, tal como dijo el primer ministro británico, si no un atentado a la propia libertad de los habitantes de las Malvinas?

Los propios intelectuales que la critican se vieron comprendidos por el primer párrafo de Cristina Kirchner en alusión directa al 2 de abril. "La guerra no se conmemora", afirmó, y se colocó en la difícil posición de tener que explicar qué hacía ella en un lugar como ése y en un día feriado. No explicó nada, pero aquella frase es más expresiva de su decisión política que un feriado más entre tantos feriados inútiles.

Estuvo a punto de desautorizar a los ministros belicosos, como el canciller Héctor Timerman y la ministra de la Industria, Débora Giorgi. No llegó a tanto. Hace poco, un diplomático extranjero le señaló a Timerman la importancia de una declaración de Cameron en la que éste proponía un diálogo con la Argentina por el petróleo, la pesca y las comunicaciones. "Que los británicos entreguen la soberanía y después hablamos", le contestó el canciller, despectivo. Giorgi pidió públicamente a las empresas argentinas que no compren insumos británicos y se metió, tal vez conquistada por la ignorancia, en un pleito amplio con la Unión Europea (UE). La Presidenta, en cambio, levantó ayer el diálogo con los británicos como el único e inamovible reclamo de su gobierno.

En Tierra del Fuego estaban ayer los embajadores de la Unasur y hay muchos países ahí (Brasil, Chile, Uruguay, Colombia y Perú, por ejemplo) que acompañarán a la Argentina sólo en su reclamo de diálogo por la situación y el futuro de las Malvinas. Nunca suscribirán una política de boicot comercial ni de hostigamiento a los isleños. Algunas de esas naciones tienen buenos lazos comerciales con Londres y saben, además, que Gran Bretaña está protegida, como miembro de la UE, por una política comercial común entre los europeos.

Cristina se puso a tono con esa platea, pero pudo avanzar un poco más. Pudo instruir a su embajadora en Londres, Alicia Castro, para que reclamara una ronda inmediata de diálogo entre argentinos y británicos. El diálogo franco se hace sin condiciones previas. Es necesario, después de las tensiones de los últimos dos meses, recrear un clima de negociación entre los dos países, indispensable para llevar adelante los tramos más ríspidos e inevitables de una transacción por un diferendo tan antiguo, tan emblemático también para la historia de los dos países.

La Presidenta osciló entre un emotivo e inesperado homenaje a los muertos ingleses (homenaje que compartió, desde ya, con los muertos argentinos) y el reproche al gobierno británico porque no acata la resolución de las Naciones Unidas que obliga a los dos países a negociar cuanto antes por las Malvinas. Faltan iniciativas argentinas más concretas que la mera retórica. Es cierto, sin embargo, que los británicos han sido siempre renuentes a obedecer ese mandato de las Naciones Unidas, un excelente trabajo del ex canciller radical Miguel Angel Zavala Ortiz en los años 60; los militares argentinos les dieron luego, tras la guerra perdida, nuevos pretextos para alargar los tiempos de la negociación. La guerra fue un desastre humano y una regresión diplomática. La Argentina no podrá deshacerse fácilmente de ese legado, aun cuando la democracia argentina haya rechazado, desde 1983, el recurso de las armas.

Ayer, por primera vez, Cristina se acordó de los isleños. Es improbable hacer algo con ellos desde la Argentina, pero es imposible lograr algo contra ellos. El reciente boicot a los barcos con banderas malvinenses ha sido un error argentino, porque no afecta los intereses de Londres, sino los de los isleños. El respeto a las costumbres y a la cultura de los isleños no es una concesión de este gobierno, como pareció decirlo la Presidenta, sino un mandato constitucional. Fue oportuno, de todos modos, que Cristina lo ratificara. Ella debe también una explicación: ¿ese proclamado respeto es coherente con el boicot? ¿Se puede respetar y boicotear al mismo tiempo?

Dijo que se había enamorado de una frase: "En la guerra, la gran derrotada es la verdad". Es una variante de una frase certera de un aristócrata británico, el influyente y pacifista Arthur Ponsonby, que dijo en ese mismo sentido en el siglo XIX: "La primera víctima de la guerra es la verdad". Cristina Kirchner debería aceptar que el acierto que encierran ambas expresiones es aplicable también a la guerra política y no sólo a la guerra armada. Si aceptara esa premisa, los enemigos desaparecerían, la verdad sería siempre parcial, los otros tendrían algo que decir sobre los conflictos comunes y los necesarios adversarios recuperarían sus derechos.

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