Si bien en la práctica no existen mercados de competencia perfecta, la gran afluencia de oferentes y demandantes que reúne el mercado ganadero le confiere características muy próximas a este tipo de equilibrios en los que ningún comprador o vendedor individual ejerce influencia decisiva sobre el precio.

 

Este aspecto tan característico del mercado de ganados como de carnes -ambos íntimamente relacionados sumado a la elevada participación de un mercado doméstico altamente atomizado como destino final del producto, permite corregir naturalmente los movimientos bruscos o desequilibrios temporales de precio, sin intervención alguna. Prueba de ello es lo sucedido semanas atrás con el precio de la hacienda en pie y su intento de traslado al precio de la carne vacuna en los mostradores del comercio minorista.

 

Tras la devaluación de diciembre, y previo a la Navidad, la carne experimentó un abrupto salto de precios, motivado en gran medida por un traslado de los incrementos de precio registrados por la hacienda en pie, pero también movido por una fuerte especulación inflacionaria en torno a estas fechas. En efecto, días previos a la asunción presidencial, los productores ya habían comenzado a restringir la oferta de ganado ante la expectativa de una inminente corrección monetaria, algo que generó un escenario de menor disponibilidad de hacienda en pleno momento de abastecimiento previo a las fiestas de fin de año.

 

Posteriormente, tras la devaluación, esta suba se terminó plasmando en precios del novillito trepando a casi los $2.000 el kilo. Esto generó alzas promedio de hasta el 50% que rápidamente impactaron en los mostradores con subas equivalentes en la semana previa a la Navidad. Por entonces, el emblemático kilo de asado pasaba de valer unos $4.000 promedio a rangos de $6.000 a más de $8.000 el kilo, según la zona y segmento comercial de las distintas bocas de expendio.

 

Sin embargo, en un contexto de fuerte desvalorización del poder adquisitivo producto de la inflación, el consumidor no llegó a convalidar estas subas, restringiendo drásticamente el nivel de compra. Consecuentemente, el propio mercado terminó retrotrayendo estos valores ante la negativa que experimentaron las ventas.

 

Si observamos los precios del gordo en el mercado Agroganadero, vemos claramente esta reversión de valores ya en la semana siguiente a dicha suba. En efecto, el precio del novillito actualmente en un promedio de $1.400 para la categoría, resulta en términos reales inferior a los valores registrados previo a la devaluación.

 

En definitiva, es mínimo el margen de maniobra que tiene el productor para especular con mayor o menor retención de hacienda para llegar a afectar los valores de manera sostenida. El productor ganadero es prácticamente tomador de precio en el mercado. Ante un freno en el consumo, los compradores retraen su demanda y los valores naturalmente corrigen a la baja. Lo opuesto sucede en momentos de alta expectativa de venta y, por ende, fuerte necesidad de abastecimiento.

 

En este sentido, uno de los datos más potentes lo aportan las estadísticas de traslado de animales publicadas por el SENASA a través de los Documentos de Tránsito electrónicos, los DT-e. En 2023, según el SENASA fueron enviados a faena 14.525.994 vacunos documentados a través de 625.310 DT-e, lo que determina unas 52,1 mil operaciones por mes. Llevado a base diaria -20 días hábiles- equivale a más de 2.600 operaciones diarias donde oferta y demanda confluyen en precio, plazos y demás condiciones comerciales inherentes a cada operación.

 

De estos mismos datos se extrae que en 2023 los remitentes a faena fueron cerca de 52.000 titulares que, en promedio, registraron 12 envíos al año, lo que equivale a una media de una remisión por mes a un total de casi 400 destinos diferentes.

 

Lo mismo sucede a nivel minorista, destinándose el 70% de la producción nacional al mercado interno, la demanda final de este producto se encuentra altamente atomizada entre miles de supermercados y carnicerías donde acude el consumidor minorista. De hecho, se estima que tres cuartas partes de las ventas minoristas de carne vacuna se concentra en carnicerías las cuales, en su mayoría carecen de cámaras de frío como para almacenar el producto ante una fuerte baja de ventas.

 

Por tanto, las bajas que ya han estado reflejándose en el precio de la carne al mostrador, muy probablemente se mantengan en la medida que el consumidor no convalide nuevas subas, aun en un contexto de elevada inflación con precios de algunos alimentos disparándose muy por arriba de la media, como el café, el azúcar, los chocolates u otros alimentos de consumo estacional.

 

Estas mismas disparidades también se observan a nivel insumos. Por tanto, a pesar de los altos precios que ofrece la hacienda en relación a otros años, esto no necesariamente implica grandes ganancias para los productores.

 

En el caso del feedlot, aun con valor del ternero mucho más calmo de lo que se vio previo a diciembre, la suba del resto de los costos como alimento, energía, transporte, dejan al engordador un margen negativo de más de 55 mil pesos por animal terminado, según cálculos de la propia CAF.

 

En el caso de la exportación, la mejora del tipo de cambio que aportó la devaluación, no tardará en erosionarse ante un dólar oficial sin grandes ajustes al alza y una inflación en pesos que no parece dar tregua en los próximos meses, elevando significativamente los costos operativos. Esto, en un contexto de precios internacionales bajos, podría comprometer seriamente la capacidad de pago de los frigoríficos exportadores, redundando en menores precios para el productor.

 

En adelante, más allá del número de inflación que termine confirmándose para el mes de diciembre, claro está que ni enero ni febrero serán meses en lo que pueda proyectarse una moderación sustancial de precios. Aun restan muchos costos de insumos y servicios por actualizar y esto sin duda pesará sobre la inflación real de estos meses.

 

Sin embargo, para muchos bienes como la carne, la actitud del consumo será determinante, más aún en momentos en los que la demanda por carne vacuna estacionalmente tiende a ceder. De marzo en adelante, otra será la historia. Por el lado de la oferta, comenzaremos a testear el impacto de la menor producción de terneros que ingresarían al circuito de engorde y por el lado de la demanda, a medida que las familias retomen su rutina laboral y escolar, esta especie de tregua que se está dando a nivel consumo, debería comenzar a disiparse volviendo la carne ocupar un lugar importante en el presupuesto de compras de las familias.


Fuente: Rosgan