La combinación entre inflación persistente y ajuste de tarifas está colocando al Gobierno debajo de una tormenta peligrosa. Suceden dos cosas simultáneas que de nuevo, en un lapso breve, trastornan el teatro político y público.

En primer lugar, se verifica una erosión del vínculo entre el Gobierno y la sociedad. Un clásico en este ciclo de Mauricio Macri. Sucedió en 2016 después del pico de popularidad que representó el balotaje contra Daniel Scioli. Tuvo vaivenes el año pasado hasta que en las elecciones legislativas logró un espaldarazo. La discusión y la violencia callejera por la reforma previsional en diciembre volvió a situarlo en un tobogán. Logró una recuperación en febrero y marzo. Ahora sobreviene otro declive.

En segundo lugar, se insinúa una novedad en la escena opositora. Aun sin liderazgos, parece haberse empezado a ocupar un espacio que hasta hace poco estaba vacío. La vidriera es por ahora el Congreso. Donde el peronismo, en sus distintas vertientes, intenta converger. Es como si en la actual coyuntura, al principal partido opositor se le hubiera despertado el reflejo del perro. Tiene al Gobierno asido de una pierna con los dientes y no atina a soltarlo.

Aquella recomposición del cuadro, aún precaria, puede responder a varios motivos. Uno: el adelantamiento de los tiempos electorales, en el cual al Gobierno no le cabe poca responsabilidad. Sustituye sus déficits de gestión con un relato aspiracional propio de campaña. Dos: la oposición cree descubrir en las diferencias oficiales un anticipo de resquebrajamientos más serios. Quizá se esté apurando. Tercero: el propio oficialismo se ocupó de fogonear esas presunciones. La novedad de que Emilio Monzó no renovará su banca en 2019 y dejará la jefatura de la Cámara de Diputados a mitad del año próximo pareció encerrar una serie de errores. Fue realizado sin timing. Queda aún un tramo larguísimo por recorrer que podría alterar incluso los planes de Monzó. Y hasta poner en riesgo el control de la Cámara de Diputados. Desnudó también otra tendencia del macrismo. Le molestan las voces críticas propias. Porque creen sólo en la fórmula con la cual nacieron. Toleran las de Elisa Carrió y el radicalismo porque no tienen otro remedio. Son parte vertebral de Cambiemos. Se advierte una orientación que fortalecería el ala tecnocrática del PRO en desmedro de aquellos acostumbrados a chapotear en la política.

El Gobierno recibió la semana pasada notificaciones sobre el nuevo estado de cosas. Dos consultoras arrimaron conclusiones similares extraídas de mediciones de opinión pública realizada durante abril. La valoración del Presidente cayó para una de aquellas 10 puntos. Para la otra serían 7. En cualquier caso, se trata de cifras significativas. Su aprobación boya entre 42% y 45%.

Muchos dirigentes de Cambiemos, acostumbrados al callejeo, no parecieron sorprendidos. Según dos ministros que participaron la semana pasada en el timbreo nacional, el malhumor social estaría a flor de piel. Incluso en los distritos donde residen sus figuras más ponderadas: Buenos Aires y la Ciudad. María Eugenia Vidal y Horacio Rodríguez Larreta. Uno de los caminantes bonaerenses resultó tajante: “Fue el peor timbreo de estos dos años”, admitió. Las quejas se replicaron en todo el cordón bonaerense, recorrido por ellos palmo a palmo. En los bolsones más pobres y también los pudientes. Llamó la atención el fastidio en el interior de la Provincia, donde la actividad del campo suele derramar cierta prosperidad. Aquel mismo caminante puntualizó la disconformidad general recogida en Chascomús.

En la Ciudad se delineó un panorama similar. Curioso para el distrito socialmente mejor acomodado del país donde Rodríguez Larreta posee índices de aprobación que orillan el 60%. La gente visitada reconoce el valor de las obras públicas que se llevan adelante. Pero está asustada por el ajuste de tarifas. Entre los comerciantes se escuchó una contradicción que colorea casi toda la realidad. Están vendiendo más aunque ganando menos. Por los costos impositivos y laborales.

El trabajo de aquellas dos consultoras coinciden además en otro punto. La fuerte caída de Macri afecta mucho menos a Vidal y Rodríguez Larreta. Se trata de una característica permanente del Gobierno y de Cambiemos. La gobernadora y el jefe porteño suelen apuntalar los malos momentos del Presidente. Cuando el ingeniero repunta aquellos dos se animarían a volar.

El relevamiento realizado por la empresa de ARESCO (Julio y Federico Aurelio) añade algunas valoraciones interesantes e ingratas, a la vez, para el Gobierno. Por ejemplo, 6 de cada 10 consultados poseen hoy expectativas negativas sobre la economía. Un capital político que representó en otra época una fortaleza de Macri. En tal decaimiento inciden dos aspectos. Sólo el 30% le sigue adjudicando al Gobierno capacidad para controlar la inflación. Una de las grandes promesas de campaña sobre la cual se sigue apoyando el mensaje presidencial. Otro indicador: más del 50% de los entrevistados en el orden nacional opinan que la presión de las tarifas sería el factor determinante de la imposibilidad de quebrar la inflación. Por encima de la incidencia que tiene el alza de los precios de los alimentos.

Ambos trabajos de opinión pública desgranan también aspectos alentadores para el Gobierno. Dentro de un paisaje político signado por la volatilidad. Aún en medio del mar de reclamos, todavía un 40% de los entrevistados sostiene que el Gobierno no sería el único responsable de lo que está pasando. Persiste la incidencia de la herencia kirchnerista. Del mismo modo, un 60% no se entusiasma con ninguna figura de la oposición. Sólo Cristina Fernández mantiene la clientela de fieles que estira su imagen positiva al 35%. Hay figuras que supieron brillar en el firmamento opositor que han empalidecido a niveles increíbles: serían los casos de Sergio Massa y Florencio Randazzo. Poseen un rechazo que zigzaguea el 40% y el 50%.

El estudio de ARESCO indagó en las tres columnas conceptuales sobre las que se afincaría la vigencia de Cambiemos. La de las expectativas económicas es en este momento, sin dudas, la peor. Su vigor político seguiría siendo considerable: hay un 40% de ciudadanos que visualizan a la coalición como opción futura. Superando al kirchnerismo, al PJ y a la izquierda. Aquel mismo volumen se conservaría para Cambiemos como herramienta electoral. Un valor para no desdeñar dentro de un sistema político en estado líquido. Claro que dentro de tal conclusión se advierten también señales de alarma. Un 28% de ese hipotético caudal del 40% despotrica por las tarifas y la inflación. Pero no estarían dispuestos aún a considerar una alternativa distinta. Privilegian otras cuestiones. En ese universo, por caso, se observa a Macri como un dirigente mucho más honesto que Cristina. Pese a los escandaletes que atraviesan su Gobierno. Las luces no deberían encandilar. Cambiemos está obligado a dar respuestas para que aquel conglomerado electoral no se termine desmembrando.

Al Gobierno le espera una tarea ardua en el Congreso. La semana pasada ganó una batalla. La guerra sigue. Cambiemos bajó en masa al recinto en Diputados para privar a la oposición del triunfo exclusivo del quórum. Pero bloqueó 29 proyectos que apuntan a frenar el ajuste de tarifas. Requerían los dos tercios para ser aprobados por haberse tratado de una sesión especial.

La situación variará porque esos proyectos empezarán a ser analizados en Comisión para ser remitidos al plenario. Difícilmente Cambiemos consiga neutralizarlos. Tampoco podría evitar su aprobación, que será con mayoría simple. El peronismo federal y el Frente Renovador actúan en yunta. Aun cuando el proyecto radicalizado del kirchnerismo no prospere –retrotraer tarifas al 2017—sus votos y los de la izquierda estarán disponibles si la derrota política del Gobierno aparece en el horizonte. En el Senado tampoco habría escollos grandes. Miguel Angel Pichetto, jefe del bloque peronista, seguirá la estrategia de Diputados. El senador sumó otra pieza al armado que viene pergeñando con los gobernadores: Juan Carlos Schiaretti congregó a todos ellos en su provincia, Córdoba.

Si aquella maniobra del colectivo opositor termina por concretarse, el Presidente enfrentará una encrucijada. Deberá imponer el veto a una ley que limitará –se verá cómo y cuánto—el aumento de las tarifas que programó Juan José Aranguren y lograron amortiguar Carrió y el radicalismo. Macri se asomaría de ese modo a tener que adoptar la medida más impopular en dos años. En un trance de declinación de su imagen que, precisamente, empujan las tarifas y la inflación.

El contexto tiene otros condimentos. El dólar se disparó por la incertidumbre interna y factores externos. La inflación tiembla. Recrudece la agitación callejera promovida por variedad de motivos. No siempre ligados a la economía. La consultora Diagnóstico Político informó que durante marzo los piquetes se dispararon un 40%. Hubo 517 en todo el país. Las organizaciones sociales llevaron la delantera. El primer trimestre del 2018 pasó a ser el más conflictivo desde el 2009.

En este punto el Gobierno también evidencia vacilaciones. Hay orfandad de una política que apunte a poner orden sin excesos y evite la anarquía, sobre todo, en la Ciudad. Macri permitió algunos ensayos en tiempos mejores. No son los presentes. Ahora el debate interno, en ese campo, oscila entre la inacción y la vuelta cauta al gradualismo.